El amor de Dios y la Eucaristía (acción de gracias)



Al saber que Dios nos ama, y ese amor se manifestó en Jesús debemos de considerar nuestra respuesta a ese amor.
Lamentablemente el hombre moderno ha perdido la experiencia del misterio de Cristo. Mira demasiado al cielo en busca de ovnis e ignora al Dios «que por nosotros los hombres y por nuestra salvación, bajó del Cielo».
El amor de Dios lo contemplamos en su Hijo (Galatas 4:4-5) , desde los pañales de su Navidad (cfr. Lucas 2:7) hasta el vinagre de su pasión (cfr. Mateo 27:48) y el sudario de su resurrección (cfr. Juan 20:7).

El cristianismo comienza con la Encarnación del Verbo. La Iglesia llama «Encarnación» al hecho de que el Hijo de Dios haya asumido una naturaleza humana para llevar a cabo, por ella, nuestra salvación. Él se hizo verdaderamente hombre sin dejar de ser verdaderamente Dios. Jesucristo es verdadero Dios y verdadero hombre ( CEC, 456- 464).
Desde el primer instante de su vida terrenal en el vientre de María, Jesús se ofreció totalmente al Padre para salvación del mundo, aunque la cima de esa oblación es la cruz, y su fruto, la resurrección. «Todo lo que Jesús hizo y enseñó desde el principio hasta el día en que... fue llevado al Cielo» (Hechos 1:1-2), hay que verlo a la luz de los misterios de la Navidad y de Pascua (CEC, 512). La Encarnación del verbo no es pura apariencia, sino una realidad viva, como lo es también la Eucaristía: no una apariencia, sino la verdadera carne de Jesús.
Hermanos, el Verbo se encarnó para salvarnos, reconciliándonos con Dios: «En esto se manifestó el amor que Dios nos tiene: en que Dios envió al mundo a su Hijo único para que vivamos por medio de Él» (1Juan 4:9). La Eucaristía nos permite comprender y acoger más concretamente el significado y el valor de la Encarnación. En el seno de la Virgen María, Jesús asumió el cuerpo que luego había de ofrecer en sacrificio al Padre. Por eso, toda celebración Eucarística, que es el memorial del sacrificio de la Cruz, hace referencia intrínsecamente al misterio de la Encarnación

En nuestra profesión de fe, proclamamos: «Por nosotros los hombres y por nuestra salvación bajó del Cielo, y por obra del Espíritu Santo se encarnó en María la Virgen y se hizo hombre». La Encarnación no es una gracia personal y exclusiva de María, sino que es una gracia hecha, en ella, a toda la humanidad. La Encarnación es algo que nos une a todos con Dios, en la Virgen María. «El Hijo de Dios me amó y se entregó a sí mismo por mí» (Ga 2, 20).

En la Eucaristía, celebramos la muerte y resurrección –el misterio pascual– del Señor, pero lo hacemos  repitiendo los gestos y palabras de Jesús en la Última Cena. Jesús reparte el pan a sus discípulos y los invita a comerlo; «tomad y comed», y añade estas palabras decisivas: «Esto es mi cuerpo, que será entregado por vosotros» (Lucas 22:19): la suya es una vida que se entrega y se desvive; que no existe para sí misma sino para los demás. Es una vida que se da hasta la última gota de sangre, derramada por la remisión de los pecados.

En ese pan que parte y reparte a los suyos, la víspera de su muerte, Jesús se está dando a sí mismo como alimento, para que vivan en su misma vida, la que Él recibe del Padre, vida eterna, y formen en Él un solo cuerpo. En la Eucaristía, se hace actual y presente la entrega de sí mismo como consecuencia de amar hasta el extremo. «No hay amor más grande que dar la vida por los amigos» (Juan 15:13).
Cuando Jesús dice a sus Apóstoles «haced esto en memoria mía» (Lucas 22:19), no los está invitando simplemente a repetir un gesto ritual con el pan y el vino, sino a revivir existencialmente todo el significado de su vida de autodonación, hasta la autoentrega suprema de su vida en la cruz. «Yo he venido para que tengan vida, y vida en abundancia» (Jn 10, 10).

 MEDITEMOS: Juan 6:47-69.

En la sinagoga de Cafarnaún, Jesús reveló su intención de dar su Carne como comida y su Sangre como bebida. Pero se encontró con la incredulidad de sus oyentes y muchos discípulos lo abandonaron. Luego preguntó a sus apóstoles: «¿También ustedes quieren irse?» La confesión de Pedro los animó a seguir firmes. Ir a Jesús es lo mismo que creer en Él.

La pregunta que hizo Jesus a sus apostoles tambien te la hace a ti: «¿También tú quieres irte?
Si te quedas, acepta su amor, come su cuerpo, bebe su sangre para que tengas vida en él.

¿Los Catolicos adoran a un Dios muerto?

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