Vive la semana santa de verdad. No a medias.

Una vez un rey visitó una escuela en el campo, y los niños habían dicho que toda cosa pertenece a uno de los tres reinos: mineral, vegetal o animal. Esa era la clase del día. Él ingreso y les preguntó: Y yo, ¿a cuál reino pertenezco? Los niños no hallaban cómo contestar a esta pregunta; pero una niña resolvió la dificultad contestando: Vos pertenecés al reino de Dios, porque por Su voluntad reinás. El rey quedó muy contento con la viveza de la niña y emocionado por la verdad que ella había expresado. Nada tenemos y podemos hacer sin que Dios nos lo conceda, porque él está sentado en su trono y lo gobierna todo…
A partir de esto cabe la pregunta: ¿Ustedes a qué reino pertenecen?

“No son del mundo, como tampoco yo soy del mundo. Como tú me enviaste al mundo, así yo los he enviado al mundo" (Juan 17:16-18).


En esta botella tengo dos cosas. ¿Pueden adivinar qué son? Agua con color y aceite. Cuando miramos la botella con aceite y agua, la primera cosa que notamos es que se mantienen separados el agua y el aceite. Pero miren lo que sucede cuando agito la botella. El agua y el aceite parecen ser uno, se unen.
Pero en realidad, ¿se habrán convertido una sola cosa el aceite y el agua? Dejemos esta botella aquí un ratito para ver qué sucede. ¡Miren! ¡El agua y el aceite se han separado otra vez! Eso nos demuestra que aun cuando se habían mezclado al agitarse realmente nunca llegaron a ser una sola cosa.

Esta botella es una buena demostración de cómo Jesús desea que seamos en este mundo en el cual vivimos.

Antes de morir, Jesús oró por sus discípulos. Oró que mientras vivieran en este mundo, no fueran parte de él, (no fueran uno con el mundo). Él deseaba que ellos le dieran al mundo de los dones que Él les había dado, como el agua le dio color al aceite, pero Jesús no deseaba que sus discípulos se "mancharan" con el mundo. Él quería que ellos se mantuvieran siendo la persona que Dios había hecho. Quería que supieran de su amor y compartieran ese amor con otros.

Pero qué sucede con la Iglesia actualmente, alabamos a Cristo rey, le cantamos hosanna, le pedimos que venga su reino, pero ¿realmente le aceptamos como rey de nuestras vidas? Dejamos que Dios habite cada segundo de mi día o solo le recordamos en misa o en nuestra pequeña comunidad.

El domingo de ramos recordaremos la entrada triunfal de Cristo en Jerusalén, y como los judíos muchos cristianos le cantaremos Hosanna, pero pasada la semana santa nos olvidaremos de él, preferiremos a Barrabas que a Jesús y le pondremos en el madero del olvido, hasta que vuelva a ser semana santa el próximo año.

A como dice el apóstol san pablo en 2 Timoteo 3:2-7: nótese que el verso 5 dice "que tendrán apariencia de piedad, pero negarán la eficacia de ella." En pocas palabras, que van a procesiones pero sin una verdadera conversión.

Es momento que nosotros tenemos que permitir a Cristo reinar en nuestros corazones, en nuestra vida, nuestra sociedad y familia, haciéndonos siervos de él, viviendo para él, actuando para él. Dejando la apariencia de piedad y viviendo nuestra fe genuinamente.
En Apocalipsis 3:20 dice Jesús: “He aquí, yo estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él, y cenaré con él, y él conmigo”.

No nos confundamos, Jesús no está haciendo una petición débil (ni mucho menos una súplica a ser “aceptado” por pecadores culpables). No está hablando a la gente en general, pues está dirigiendo su mensaje a Su Iglesia. Es obvio que le está haciendo una oferta de volver a tener una nueva comunión con Él. La oferta de salvación de Cristo es que cenemos con Él, elevados a Su presencia celestial y comiendo de Él, Jesús eucaristía encontremos la salvación: “De cierto, de cierto os digo: Si no coméis la carne del Hijo del Hombre, y bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna; y yo le resucitaré en el día postrero. Porque mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre, en mí permanece, y yo en él. Como me envió el Padre viviente, y yo vivo por el Padre, asimismo el que me come, él también vivirá por mí” (Juan 6:53-57). Es obvio que solo pueden “comer de Él” quienes sean genuinos cristianos y ese es el sentido de la invitación. Somos su Iglesia, Él nos llama a vivir para él.

¡No somos del mundo, fuimos comprados a alto precio!!

En la parte final del pasaje hay una promesa de reinado con Cristo para aquel que venciere “Al que venciere, le daré que se siente conmigo en mi trono, así como yo he vencido, y me he sentado con mi Padre en su trono”. El privilegio de gobernar con Cristo pertenece a todos los cristianos en todos los tiempos. Todo el Nuevo Testamento deja muy claro que Cristo ya ha entrado en Su Reino, ya ha desarmado a Satanás y sus demonios, ya somos reyes y sacerdotes con Él, ahora reina sobre toda la creación, con todo el poder en el cielo y la tierra, poniendo a todos sus enemigos bajo sus pies y hasta que su Reino llene toda la tierra.

Permitamos a Jesús reinar en nuestras vidas, acercándonos a la confesión para perdón de nuestros pecados y poder cenar con Él, cenar de Él.


Si, este domingo de Ramos gritemos Hosanna, pero que ese Hosanna se extienda al resto de nuestros días, vivamos nuestra semana santa, participemos el Vía crucis meditando el alto precio que pagó Jesús para salvarnos, meditemos en la pasión, las siete palabras, la adoración del sacrificio de Jesús en la cruz, para luego acompañarlo en el gozo de la resurrección y que ese gozo se extienda por todo nuestro año. Jesús murió por ti y por mí para que tengamos vida en abundancia. Ese es el reinado de Jesús. Dime, ¿lo aceptas?

¿Los Catolicos adoran a un Dios muerto?

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